“Cuando sea grande, mataré a mi padre”

“Es que estoy cansada del trabajo y no podré pasarme por tu casa”; “Es que mi hija menor está enferma”; “Es que hoy no me va bien”. Excusas, excusas y más excusas. Pero por fin se habían acabado. Al fin la tenía delante de mí, y venía decidida, tanto, que la seguridad de la que suelo presumir se fue al carajo cuando miré esos ojos negros que tanto habían vivido. ¿Cómo puedes entrevistar a una mujer que con tan solo una mirada puede intimidarte? Fingiendo serenidad. Y si no sabes mentir, estás perdido.

Son las 19:18 y estoy repasando cada coma de las preguntas que tanto he preparado. El sonido del timbre me despierta del trance en el que estaba sumida sin tan siquiera saberlo… “Es ella” digo en voz alta. Miro a mi alrededor y compruebo que todo está donde tiene que estar, he estado tres horas limpiando para que todo quede perfecto. “No corras, que no parezca que estás ansiosa. Despacio…” Me repito.

-Hola María, ¿cómo está?

-Todo bien, un chin cansada del trabajo, pero todo bien gracias al cielo.

Deja la bolsa del Día en la entrada y a medida de que va pasando por el pasillo se va quitando la chaqueta negra que una vez al final de este, deja en el sofá y se sienta.

-¿Quiere algo para tomar?

-Sí, por favor. Agua.

Mientras le sirvo el vaso de agua la observo. Lleva unos tenis negros Nike, parecen cómodos, unos pitillos tejanos y un jersey oversize negro.

-Tenga.

Tras dar varios sorbos, levanta la mirada y me mira fijamente. Esos ojos negros saben leer corazones. Escaneo su cara, blanca como la nieve, no tiene ni una arruga a sus 46 años. “Ni parece dominicana, como se nota que su padre es gallego, ha tirado más para este lado” pienso.

-Cuando quieras niña te digo todo lo que tanto quieres saber. Empieza.

Sus gestos, sus palabras, su mirada, toda su halo destila seguridad. Tomo asiento a su lado, cojo el cuaderno y empiezo a fingir serenidad.

 

"Mira tu interior" / Fuente: Rolgack.wordpress.com

“Mira tu interior” / Fuente: Rolgack.wordpress.com

 

 

¿Cómo conociste al padre de tus hijos?

Siempre pasaba por delante de su casa para ir a la mía, él ya me había hablado en varias ocasiones pero yo no le hacía caso. Por ese entonces me había salido como una especie de llaga en el pie cosa que hacía que anduviera coja, y él le dijo a su madre que hablara conmigo. Ella me invitó a pasar a su casa para darme un remedio casero, y así empecé a conocerlo.

¿Cómo fueron los primeros años junto a él?

Ya eran malos. (Silencio)
Lo que pasa es que quizá yo no lo quería ver… Era muy jovencita y no sé… Era mi primer amor. Me parecía estar en un cuento de hadas, que aunque sabía que era malo, no lo quería ver. (Suspiro) O sea, que fueron malos desde el principio.

¿A qué te refieres con malos?

A que se le veía la forma de maltratarme.

¿Podrías poner algún ejemplo?

Hacerme escenas de celos o beber y pegarme…

¿Ya siendo novios?

Sí.

¿Cómo te trataba después de cada paliza?

Un angelito… Me pedía perdón, que no lo volvería a hacer… Lo típico. Era un corderito. Era otra persona.

¿Te traía regalos?

Sí. Pero sobretodo se esmeraba en quedar bien en todo. Recuerdo que traía comida a la casa. Cosas así. Me traía flores también.

Por eso las personas cercanas a él no creían que el fuera tan malo como yo afirmaba que lo era. Era tan diferente cuando estábamos delante de sus amigos… Era el marido perfecto. Tan encantador, tan atento, pero una vez pasaba el umbral de la casa, todo cambiaba. Su cara se transformaba, su careta se caía.

Odiaba cuando escuchaba su coche entrar al garaje de casa. Ese sentimiento de miedo que años más tarde sintieron mis hijos también. Muchas tardes disfrutaba imaginando que ese mismo día había conocido a alguien y que se habían enamorado y nos había abandonado, haciéndonos el favor de nuestras vidas. Pero nunca pasó. Siempre volvía, ya sea tarde o temprano, pero volvía.

¿Cómo definirías los años junto a él?

Horrorosos, horrorosos y horrorosos. Era como si estuviera en un círculo vicioso del que no podía salir.

¿Lo dejaste?

Sí. Varias veces. Pero después de una larga lucha. La gente me preguntaba por qué volvía con una persona que me hacía daño. Aún no sé la respuesta…

¿Cuántas veces lo dejaste?

Bueno, según él 8 veces, pero según yo, unas tres o cuatro.

Cuando dejaste República Dominicana dejaste a tus hijos allí. ¿Cómo te sentiste sabiendo que él estaba cerca de tus hijos y tú no?

Vine con la mitad de mi vida allí. Aunque los dejé con mi madre,  yo sabía que de alguna manera él les haría daño… Y efectivamente así fue. De alguna manera les hizo daño, sobre todo a mi hija pequeña. Pero bueno, tenía la esperanza de buscarlos, y eso me mantuvo siempre firme.

¿Por qué sobre todo a tu hija pequeña?

Ya te comenté que los dejé con mi madre viviendo, pero él por joder hacía cualquier cosa. Un día fue a buscarlos diciendo que se los iba a llevar a tomar un helado. Cuando fue a dejarlos en casa, dejó a los dos mayores y se quedó con la pequeña que apenas tenía tres años…

¿Sabes? Una vez leí que los primeros siete años de tu vida te marcan como persona. Pues mi pequeña pasó cuatro de esos años viviendo sola con un monstruo que le pegaba palizas prácticamente mortales, le obligaba a saber cosas que no tendría que saber una niña de tres años, la maltrataba psicológicamente y la envenenó mentalmente… Le metió en la cabeza que yo la había abandonado, y la niña creció odiándome. Era su creación. Como Frankenstein.

¿Qué es lo peor que le puede pasar a una madre? Que su hijo le odie. Eso hizo él. No podría describir la mirada que me hizo ella cuando volví a por ella. Me miraba con los ojos de él. Fue horrible.

¿Y tu madre no hizo nada?

Mi madre era la única que le plantaba cara. Pero ella era pobre, él era un hombre de dinero y con muchos, muchísimos contactos. ¿Qué podía hacer? Resignarse… Pero no hay mal que por bien no venga. Un día le dio tal paliza a mi pequeña que la dejó casi muerta, irreconocible. Todavía tengo las fotos que le hicieron en la policía. Casi se me muere… Pero ella es fuerte. No era la primera vez que la muerte se le acercaba. Cuando nació se le resbaló a mi madre de la toalla en la que estaba envuelta y cuando casi estaba en el suelo, mi madre, no sé con qué fuerza la cogió justo a tiempo. El padre nunca se enteró de eso, sino hubiera metido a mi madre en la cárcel seguro. Y otra vez volvió a vencer. Es una vencedora nata y nunca mejor dicho. (Risas)

Perdón me he desviado. El caso es que los vecinos lo denunciaron y al día siguiente la policía se llevó a mi hija. Pero evidentemente, el único familiar que tenía era mi madre, y ellos no sabían dónde vivía ni tenían un teléfono dónde localizarla. ¿Recuerdas que te dije que mi hija sabía cosas que no tenía que saber? Pues él la entrenaba para que se memorizara todos los caminos dónde iban. Y ella, a pesar de que despreciaba a mi madre por culpa de su padre, guió a los policías hasta su casa, y te aseguro que la distancia era enorme. Para algo sirvieron sus entrenamientos, para guiarla hasta mí.

¿Sabes qué otra cosa también hizo? Cuando estábamos mi madre, ella y yo esperando para entrar al aeropuerto ella estaba muy callada. Y me preguntó: “¿Estamos en un aeropuerto?” a lo que le contesté que sí, y fríamente me dijo: “Mi padre me dijo que si estaba en un aeropuerto gritara que me están secuestrando. Tú eres blanca. Pensarán que me estás secuestrando para venderme en otro país”.

¿Y gritó?

Ya te dije que era muy lista. Ella sabía, a pesar de todo, lo que más le convenía. Mi madre y yo lo pasamos bastante mal durante unos minutos, hasta que la niña me miró fijamente y por primera vez mostró una chispa de amor hacia mí. Durmió durante las casi nueve horas de viaje. Unos días después me enteré de que su padre había puesto un impedimento de salida para ella, pero ya era demasiado tarde, ya estaba conmigo.

¿Qué fue lo que te animó a dar el paso para dejar esta relación?

Mis hijos. Una noche mientras le pegaba a mi hijo le dejó una marca en la cara de su zapato, y no podía llorar el niño. Y esa noche, yo me juré a mí misma que no iba a volver a pasar.

¿Por qué no podía llorar el niño?

Porque él no se lo permitía. O sea, que después de pegarle, el niño no podía llorar.
La mirada de mi hijo esa noche me hizo ser fuerte, más allá de lo embrujada que estaba. Pienso que esa mirada me habló, lo recuerdo perfectamente acostado en la cama mirándome fijamente, como diciendo “sálvame”. Y me dije: yo saldré de aquí.

Esa mirada, y luego las palabras que al día siguiente él le dijo a un amiguito.

¿Qué le dijo?

Le dijo al amiguito que cuando él fuera grande, mataría a su padre. Eso yo no me lo podía permitir.

Mi hijo grande fue la razón fundamental, mis niñas también, pero él más porque era el que más se daba cuenta, el que más estaba sufriendo… Era el que más vivía esa relación.

Bueno, también hay otra cosa. Le cogí miedo cuando un día me dijo que nos iba a envenenar a todos.

¿Te lo dijo después de una paliza?

Sí. Por eso yo pensé que él moriría de otra forma. Quizá llevándose a alguien por delante.
¿Te acuerdas del caso Bretón, ese que pasaron en la tele? Pues es creíble. Que mató a los hijos por hacerle daño a la mujer…

 

El último día que te fuiste…

El último día que me dejé de ese hombre, fue un día de las madres. Recuerdo que llamé a mi madre por teléfono y le dije: “Mami, te voy a dar el mejor regalo de tu vida. Venme a buscar.” Siempre estaba dispuesta a buscarme. Siempre. Y me acuerdo que se apareció en menos de lo que me esperaba. Cuando la veía sentía fuerza. Sentía valentía. Sentía que ella podía con él. ¿Sabes que era la única que podía con él? Era la única que se enfrentaba a él. Era como mi chapulín colorado. Mi superman. Y así fue, nunca más volví con él. Le di el mejor regalo.

Hablas de tu madre como si ella pudiera con todo.

Ella podía con eso y más. Ella era un ángel. Mi padre la abandonó con 6 muchachos al hombro, sola y sin ayuda ninguna. Nos crió a hijos y nietos enseñándonos que hacer el bien es la única manera de ser feliz en esta vida. Y predicaba con el ejemplo. Años después, como da de vueltas la vida, mi padre vino donde ella pidiéndole techo dónde cobijarse, y ella, sin resentimiento alguno, le abrió las puertas de su casa y no en sentido marital, no, sino en sentido de amistad, porque ella no podía hacerle daño a nadie y menos al padre de sus hijos. De ella mis hijos, mis sobrinos, mis hermanos y yo aprendimos todo lo que sabemos.

Entiendo, hablando de separaciones ¿Qué le decías a tus hijos para explicarles el por qué sus padres se habían separado?

No había nada que explicar… Al revés, ellos vivieron felices esa separación. La necesitaban. Era su vida.

¿Cómo superaste todo esto?

Gracias a que me fui lejos. El irme a otro país. El cambiar mi vida completamente, hasta de panorama. Gracias a mi familia también, a mis hermanos… Sabía que contaba con el apoyo de mi mamá eso fue también muy, muy fundamental. Ella fue mi mejor aliada en esa separación.
El cambiar todo y el saber que mis hijos me los podía traer.

¿Esta mala experiencia te ha condicionado a la hora de comenzar otra nueva relación?

¿No?

No. Porque yo no he comparado a nadie con él. Además como yo me curé…

¿Cómo te curaste?

Olvidando que él existe. Yo he estado por momentos, días, años, pensando en que esa persona no existe. Es como si la mala experiencia no se ha unido a mí. Como si no se hubiera unido a mi corazón. Él ser maltratada no hizo estragos, no dejó secuelas.

Después de que me maltrató un primer hombre, nunca permití que otro lo hiciera. Cuando comencé a salir con el que sería el padre de mi cuarta y última hija, una vez me quiso maltratar y le salió peor.

¿Qué hiciste?

Me subí encima de una cama y cogí un serrucho.  (Risas) Como si fuera un arma, y me le planté. Le dije que si me pegaba esto iba encima de él. Y se detuvo. Nunca más.

¿Qué le dirías a una mujer que está siendo actualmente maltratada?

Que se vea en ella misma. Que mire para dentro… Y vea si ella se merece eso. ¡Que nadie se merece el maltrato, eh! Pero que salga. Que pueda luchar por ella y que nadie merece el desrespeto hacia su cuerpo mediante el maltrato físico ni el verbal tampoco. Porque hay muchos tipos de maltratos… Hay maltratos hasta de miradas. ¡Eso! Que se mire hacia dentro y que vea que ella vale.

Y ya no solo por los hijos, si los hay, sino por ella misma.

Una vez vuelto a República Dominicana, ¿él te intentó convencer para que volvieran?

No. Intentar convencer no. Imposible porque ya él veía que no estaba ni en la condición ni a la altura. Había llovido mucho como dicen… Pero sí intentó seguir haciéndome daño. Utilizando a los niños, diciendo frases que me podían incomodar, eh… De muchas formas. Él pensó que me podía seguir haciendo daño.

Una vez estando tus hijos ya aquí contigo, tú los ponías a ellos a hablar por teléfono con él.  ¿Cómo tuviste el valor, o mejor dicho, por qué decidiste que tus hijos siguieran en contacto con él? ¿Por qué no hiciste borrón y cuenta nueva como hiciste tu misma? ¿Qué fue lo que te impulsó a que ellos mantuvieran el contacto con una persona que te hizo tanto daño a ti y a tus hijos durante años?

Esa pregunta me la podía yo seguir haciendo. (Risas) ¿Por qué? Quizás porque no soy como él. Después de todo, consideraba que era una persona que estaba enferma. Y no podía negarle ese derecho. Y sabía, también, que era dándole algo como padre. Algo que… Como él no le podía hacer daño, o sea, los niños no estaban a su alcance. Quizás por eso me atrevía. Si hubiéramos estado cerca físicamente es muy probable que no se lo hubiera permitido. Era porque ellos estaban fuera de peligro de él. Sí, lo hacía por eso, y también porque es su papá.

Una vez me comentaste que él casi nunca quería hablar con los niños sino contigo, ¿Por qué crees que lo hacía?

Porque aún sentía obsesión por mí. Porque eso no era amor. Y sí, siempre que hablaba con los niños terminaba lo antes posible para volver a hablar conmigo. Yo intentaba evitarlo, intentaba no hablar con él, pero siempre se ponía y me empezaba a contar su vida… Era una manera de él pensar que yo todavía existía para él.

A pesar de que sí ponías a los niños a hablar con él, tú nunca se los llevaste, nunca los llevaste a Santo Domingo para que los volviera a ver. ¿Por qué?

Por el mismo tema. Ellos iban a volver, pero cuando ellos no estuvieran al alcance de él. Cuando fueran mayores de edad, cuando ellos pudieran decidir y decir: “No. No me quedo contigo.” Porque yo sé que en algún momento él los hubiera querido retener. Pero dije: “los va a ver cuándo ellos se pudieran defender”.

Sí que los iba a ver, yo eso no se lo iba a quitar.

¿Qué sentiste cuando supiste de su muerte?

Bueno… Yo ya sabía que estaba enfermo. A la que le sentó peor fue a la pequeña, a la que se crió prácticamente con él. Ella quedó prácticamente destrozada. A ella también le preguntaron por qué estaba triste si él le maltrato más que a mí. Y ella te dirá “era un ser incomprendido, y era mi padre”. ¡En fin! Yo… Hablé con él una semana antes de morir.

¿Y qué te dijo? ¿Te pidió perdón en algún momento?

No. En ningún momento. Al revés, yo cometí el error de decirle que estaba mal. Es verdad que cometí un error. Porque le pregunté: “¿es verdad que te estás muriendo?” Quizás mi ingenuidad, debí preguntarle que si estaba mal, usé el término mal…

¿Y qué te dijo él?

Que no, que no era verdad. Que él estaba bien… Siempre quiso transmitir que estaba bien aunque estuviera mal.
Nunca lo vi con ganas de pedir perdón, ni de humillarse… Al revés, yo seguía siendo una victoria en su vida. Y no volví a hablar con él más. Hasta que supe que se había ido.

Esa tarde lloré. Estaba sola, limpiando una casa. Y lloré. Lloré como no había llorado nunca. Sin embargo, quizás no fue su muerte lo que me hizo llorar, sino que volví a revivir mi vida. Esa fue la única vez, en que volví a recordar, que fui una mujer maltratada.

Incluso hasta dije esta frase: “hasta tu muerte me hace llorar. Hasta para irte, me causaste dolor”.

 

Milán Suero R. 

Anuncios