Generaciones encontradas

 “Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran la comida y le faltan el respeto a sus maestros.”

No parece nada nuevo oír afirmaciones contra las nuevas generaciones. Y de hecho, no lo es. Puesto que por muy familiar que nos resulte esta frase, llama la atención que se atribuya a Sócrates, filósofo del siglo V a.C. Huelga decir que en su época, Sócrates no fue un caso aislado. También Platón se refería a la juventud como una generación que ignoraba sus leyes, que provocaba disturbios en las calles impulsada por pensamientos salvajes y poseía una moralidad decadente.

En los tiempos actuales, es habitual encontrar en los discursos de nuestros mayores un gran pesimismo hacia el desarrollo de las nuevas generaciones. Les escuchamos describir horrorizados, a unos jóvenes que no saben valerse por sí mismos, que no quieren estudiar ni trabajar, que han sido progresivamente idiotizados por las nuevas tecnologías y destrozan las calles en medio de terribles borracheras. Que se encuentran ante una generación perdida, en resumidas cuentas.

Ante este panorama, parece sorprendente que antiguamente existieran afirmaciones tan parecidas a las de nuestros días. ¿Es que hace 2400 años existía un problema que hoy se repite?

A mi parecer, sería más sencillo considerar que ésta es una situación que realmente, nunca ha cambiado. Que posiblemente, no existe época en la que no se haya pronosticado un futuro en decadencia por culpa de una falta de valores en la juventud.

Tiendo a reflexionar que este pensamiento de pesimismo inherente a las antiguas generaciones, se debe a diversos factores. Y el más destacable de ellos, es probablemente la resistencia al cambio. Del pasado, siempre recordamos lo felices que fuimos. Y con cierta melancolía, nos damos cuenta de cómo han llegado a cambiar las cosas. Paralelamente, resulta que a medida que envejecemos, más difícil nos parece adaptarnos a los cambios. Y la juventud siempre llega con renovada rebeldía y la intención de cambiarlo todo.

De la misma forma que Sócrates y Platón, nuestros mayores perciben que el mundo tal como ellos lo habían conocido, se ha transformado por completo.  Se encuentran repentinamente ante una serie de tecnologías que no entienden, y con las que se encuentran obligados a convivir, y con una juventud que crece con unos valores totalmente contrarios a los que a ellos se les había enseñado.

¿Pero realmente estos cambios han destruido la moralidad de los jóvenes?

Me parece razonable concluir que no.  De hecho, inclusive considero que, al menos en nuestro contexto social más cercano, cada vez somos moralmente más maduros. Y la causa de ello es que actualmente, estamos desarrollando progresivamente una mayor tolerancia hacia el que es “diferente” a nosotros. Un ejemplo de lo que sostengo, es el informe «The Global Divide on Homosexuality», llevado a cabo en 2013 por el instituto de investigación social Pew Research Center. Según este documento, los españoles nos encontramos a la cabeza del mundo en aceptación social de la homosexualidad, con un 88% de la población favorable a una mayor integración de éstos en la sociedad. Y más allá de estudios y estadísticas, creo que en estos tiempos es fácil  percibir en la juventud cierta voluntad para acabar con los prejuicios sociales.

Así pues, puede que después de todo no seamos una juventud tan desorientada como muchos tratan de hacernos creer. Una vez, escuché en un anuncio una frase que me llamó la atención: “No somos la generación perdida. Somos la generación encontrada.” Estoy de acuerdo. Somos una generación que es capaz de empatizar con el otro como nunca antes se había visto. Una generación que, gracias a las nuevas tecnologías, puede comunicarse y compartir vivencias de una manera que antes habría sido impensable. No digo que seamos perfectos, y tampoco creo que nunca lo lleguemos a ser. Pero de vez en cuando, no está de más que seamos conscientes de que también hacemos cosas bien. Y todo ello, a pesar de encontrarnos en un contexto de escasa ejemplaridad política y de gran dificultad social.

Por: Eva Regüés

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